Para sentarse a llorar a mares. Así son los comentarios –la abrumadora mayoría de ellos– a la noticia que da cuenta del maltrato, vara en mano, de un profesor del Instituto Nacional Mejía, a un grupo de alumnos de primero de Bachillerato.

¿El argumento? Que los adolescentes no entregaron a tiempo una tarea. ¿El método “disciplinario”? Poner a los alumnos contra la pared del pasillo, de espaldas, uno junto a otro, y golpearlos con un palo, en las nalgas, hasta dos veces a cada uno. Pum-pum. Siguiente. Pum-pum. Siguiente. Pum-pum. Siguiente.

El video es grotesco. Un hombre adulto, trajeado, que ni se despeina al golpear a sus estudiantes y hasta se da el lujo de hacer un malabar con la vara, antes de zurrar al último. Y varios adolescentes cabizbajos, que esperan el palazo; algunos de ellos sin sacar las manos de sus bolsillos, como quien está acostumbrado a lo que le toca. Chocante. Casi tanto como las risas de otros alumnos que presencian el castigo físico y lo graban furtivamente.

Pero nada de eso es tan perturbador como las reacciones de los padres y madres de familia, así como de las autoridades del colegio, ante el hecho. Basta bajar con la flechita del ordenador hasta llegar a la sección “Comentarios” de las noticias referidas al tema, en cualquier periódico virtual. O leer las reacciones indignadas, en los posts. ¿Indignados por la agresión contra los estudiantes? ¡No! Furiosos por la denuncia pública de la misma; encolerizados por el “ataque” al profesor; iracundos porque alguien se atreve a poner en duda el viejo aserto de: “preferible una nalgada a tiempo”: filosofía que ha marcado pieles y autoestimas infantiles, generación tras generación.

Unas pocas perlas (hay más y peores), para ilustrar:

“La biblia respalda al profesor y dispone castigar con vara a los chicos. Así que estoy muy de acuerdo. Felicitaciones profesor”. (Un padre).

“Es cuestión de respeto mutuo. Alguien tiene que recuperar los valores de respeto, responsabilidad y disciplina. Alguna razón habrá”. (Una madre).

Y estos tres, que duelen especialmente:

“Como padre de cuatro niñas, estoy de acuerdo con el profesor. Prefiero que les den 3 reglasos (sic) en el trasero a que tengan que esposarles y llevarles detenidos por adictos o pandilleros. En mi infancia y adolescencia me educaron así, gracias a ello, soy un hombre de bien”. (Padre de 40 años, que llena su muro de FB con las fotos de sus cuatro soles).

“El licenciado es buena gente y ha formado hombres de bien”. (Una madre del Comité Central de Padres de Familia del Mejía).

Y esto:

“Es el único profesor que pone las cosas rectas y al que todo el mundo le hace caso”. (Un alumno de segundo de Bachillerato del mismo instituto).

La Constitución del Ecuador establece como un deber del Estado garantizar la “protección y atención contra todo tipo de violencia, maltrato, explotación sexual o de cualquier otra índole, o contra la negligencia que provoque tales situaciones”.

Pero aquí viene el problema. Cuando ese maltrato está tan normalizado en una sociedad, no hay ley que pueda garantizar nada. Si para los adultos responsables, la única forma de educar a un niño o niña, “ponerlo en vereda”, “en su sitio”, “enseñarle respeto” (¡!), es a palazos, seguiremos viendo a gente que justifica y ensalza a los maltratadores. Padres y autoridades que defienden este tipo de métodos y alumnos zurrados que piden en la calle que “piten” a favor de su agresor.

¿Qué nos pasa por la cabeza cuando protegemos a un adulto que lastima a nuestros hijos? ¿Qué poca confianza tenemos en nosotros mismos y en nuestros niños o adolescentes, si pensamos que los palazos, bofetadas o nalgadas son la única manera de establecer límites? ¿Qué nos sucede, como sociedad, para que hayamos normalizado de esta forma las agresiones? ¿No podemos ser mejores que eso?

Porque, piénselo: ¿Cómo puede estar usted seguro de los golpes “a tiempo” lo convirtieron en un hombre o mujer “de bien”? ¿No hay alguna posibilidad de que haya sido esa violencia la que ahora no le permite hallar otras formas para educar a sus hijos (o alumnos) y le empuja a descargar en ellos una rabia que no puede controlar?

La vida no tiene por qué ser un bucle. El chancletazo no es un destino. Si cayó en su cabeza, no tiene, necesariamente, por qué caer sobre la de su hijo (o su alumno).

Si ve llorar de dolor a quien más quiere; si una acción suya lo humilla y lo lastima; si comprueba día a día cómo ese tipo de trato lo aleja y lo encierra en una coraza de resentimiento y rabia, quizás puede preguntarse, por un segundo -para variar un poco- si eso que usted cree correcto, de verdad lo es. Si ayuda a su hijo o hija (o alumno) a crecer sano emocional y físicamente; si le da herramientas para ser un adulto equilibrado, que escoja el diálogo a la hora de resolver un conflicto. O si, por el contrario, le está creando heridas internas y secuelas que lo perjudican.

Preguntar, leer, informarse. Cuestionarse y quizás (no pasa nada; los hijos –o alumnos– lo valen) contradecirse. Romper el círculo vicioso de las agresiones que nunca, de ningún modo, sacarán lo mejor de una persona.

Pero, visto lo visto, parece mucho pedir. Si no, esperemos un par de días, cuando –con suerte– esta columna de una vueltita por las redes. Y sentémonos, pañuelo en mano, a leer los comentarios.